La retinopatía diabética es una microangiopatía que se produce como complicación evolutiva de la diabetes mellitus. Es una de las complicaciones más frecuentes entre los pacientes diabéticos, tanto tipo I como tipo II. Cuando se declara la enfermedad se observa un daño progresivo que afecta a los vasos sanguíneos de la retina (la parte del ojo sensible a la luz y responsable de la captación de la forma y los colores) y que con el tiempo puede llegar a causar la ceguera total.

La gravedad de la retinopatía aumenta en los pacientes que llevan más años conviviendo con la diabetes, y de hecho suele ser frecuente en aquellos pacientes diabéticos de más de 30 años de evolución; además, otro factor muy importante que puede empeorar la retinopatía diabética es el mal control metabólico de la enfermedad. Por este motivo, se recomienda a todos los pacientes diabéticos que acudan a revisión con el oftalmólogo una vez al año para realizar una exploración de su fondo de ojo con dilatación de la pupila. La enfermedad también puede ser un problema para las mujeres embarazadas que sufren diabetes, por lo que a ellas también se les aconseja una revisión oftalmológica completa durante la gestación.

Cuando la enfermedad aún está poco avanzada (retinopatía diabética no proliferativa), los capilares del ojo se vuelven porosos y se producen fugas de líquido y sangre hacia la retina, ocasionando encharcamiento de la misma y visión borrosa.

Retinopatía diabética no proliferativa

En los estados más avanzados de la enfermedad (retinopatía diabética proliferativa), se produce el crecimiento de nuevos vasos sanguíneos dentro del ojo, que son sumamente frágiles y que fácilmente pueden sangrar. La sangre procedente de esos vasos anómalos puede llegar a ‘ensuciar’ el humor vítreo (una especie de gel transparente que llena el globo ocular) dificultando el paso de la luz a su través y produciendo imágenes borrosas.

Retinopatía diabética proliferativa

El líquido que se escapa de estos nuevos vasos puede afectar a la mácula (la parte del ojo que nos permite la visión más fina, con detalle), lo que provoca que ésta se encharque y la vista se nuble. Este problema se denomina edema macular, es una causa muy frecuente de disminución de la agudeza visual en el diabético y puede ocurrir en cualquier fase de la retinopatía, aunque es más frecuente a medida que la enfermedad progresa. Se calcula que el 80% de las personas que han convivido con la diabetes durante al menos 15 años tiene algún tipo de daño o lesión en los vasos sanguíneos de la retina.

¿Cómo se detecta la retinopatía diabética?

Inicialmente es normal que los pacientes no experimenten ninguna alteración en la vista que les alerte de que algo está pasando. Es posible que el paciente note cierta borrosidad en su visión cuando se inicia el “encharcamiento” de la màcula por el edema. También es posible que al principio lo único que note sea unas pequeñas ‘manchas’ de sangre como flotando, manifestación clínica de que se ha producido un sangrado intraocular. Cuando esto ocurre, es imperativo que acuda inmediatamente al oftalmólogo para hacer el diagnóstico apropiado e iniciar el tratamiento antes de que se produzca una hemorragia más grave. Incluso aunque las manchas flotantes desaparezcan por sí solas, debe acudir al oftalmológo porque el sangrado puede volver a repetirse.

Análisis completo de la vista

El análisis completo de la visión para llegar a diagnosticar el problema incluye una prueba de agudeza visual, un examen con dilatación de pupila o una tonometría que mide la presión en el interior del ojo. Con estas pruebas, el doctor buscará indicios de: vasos sanguíneos anómalos que tengan  fugas, encharcamiento en la retina, daños en el nervio óptico o cualquier depósito anormal que indique que se están produciendo filtraciones de líquido. Es posible que el oftalmólogo también le mande hacerse una angiografía con contraste, una técnica que permite fotografiar con gran detalle los vasos sanguíneos del ojo.

¿Cómo se trata la retinopatía diabética?

El control médico es fundamental. El control de la diabetes y de la presión sanguínea forman parte inseparable del tratamiento de la retinopatía y permiten mejorar el pronóstico del paciente. De hecho, algunas investigaciones llevadas a cabo por el Instituto Nacional del Ojo en Estados Unidos sostienen que si se mantienen controlados los niveles de azúcar en sangre (pero también del colesterol y la presión sanguínea) se puede retrasar el inicio y progresión de la enfermedad.

Tratamientos disponibles

En general, los tratamientos disponibles tratan de frenar el desarrollo de la lesión, pero no pueden contrarrestar el daño que ya se ha producido, por lo que los especialistas insisten una y otra vez en la importancia de acudir puntualmente a las revisiones con el oculista para que el diagnóstico de la enfermedad sea lo más precoz posible.

Láser

En algunos casos se puede recurrir al láser para ’sellar’ las filtraciones y evitar que los vasos sanguíneos sigan teniendo pérdidas. En el caso de la retinopatía proliferativa, esta fotocoagulación ayuda a reducir los vasos sanguíneos anómalos que han crecido. Debido a que se tienen que hacer entre mil y dos mil quemaduras con el láser suelen necesitarse dos o tres sesiones de tratamiento. Las pequeñas cicatrices que se forman con esta terapia permiten además sujetar la retina al fondo del ojo, evitando así su desprendimiento.

El láser también se emplea para tratar el edema macular, para hacer cientos de pequeñas quemaduras en la parte de la retina que tiene fugas alrededor de la mácula.

Cirugía:

La cirugía vitrectomía se utiliza en caso de hemorragias dentro del ojo, para limpiar la gelatina vítrea opacificada,o bien para reparar el desprendimiento de retina causado por las hemorragias, las cicatrices oculares y las tracciones sobre la retina. En esta operación, el oftalmólogo realiza unas pequeñas incisiónes en el ojo para quitar el gel vítreo (compuesto en su mayor parte de agua) que está opacificado debido a la sangre que ha extravasado, y lo sustituye por una solución salina. El 70% de las personas operadas experimenta una mejoría visual tras la operación.

Si es necesario operar ambos ojos, suelen espaciarse las dos operaciones algunas semanas, ya que el paciente tendrá que llevar un parche para proteger el ojo durante unos días tras la intervención.